viernes, 27 de septiembre de 2013

Un edificio no puede desaparecer porque sí por más que todos hayamos escuchado que exploto

El día que ocurre una tragedia queda impregnada a la memoria por siempre lo que hacíamos en aquel instante. El 18 de julio de 1994 a las 9:53am me encontraba durmiendo, las vacaciones escolares de mi 5to grado primario. Me despertó un grito de Mamá (mama tiene esa particular virtud de conversarte sin importar lo que estés haciendo. Era bien cotidiano en tiempos de "vivir con mamá" que ella simplemente entre a tu dormitorio con un mate en mano y te cuente las noticias, aclarándole cada vez que "no tomo mate antes del desayuno mamá"). Bien, esa mañana los gritos de mamá tenían un gran motivo: la Amia había explotado. Me incorpore abruptamente, era la primera vez en mi vida de recuerdos que escuchaba hablar de la Amia y que tenia conciencia para entender que algo puede explotar en la vida real sin ser marca Acme. Baje las escaleras a saltos de escalones. Nos sentamos con mamá frente a la tele. Observando. En silencio. Empezamos a recapitular donde se encontraba cada integrante de la familia en ese momento. Hermana en facultad rindiendo. Hermano menor (mas mayor que yo) entrenando. Papá en su trabajo. Hermano mayor... Hermano mayor ese día por alguna razón que no recuerdo se encontraba en zona. En aquella época uno se preocupaba distinto, las escasas opciones de hacer contacto inmediato venían ligadas a la resignación del esperar. Y eso hicimos, esperamos a que el fijo de la casa suene (tenemos el mismo numero desde que Entel puso la linea). Recuerdo que llevaba puesto un camisón bien largo blanco con dibujos de perros naranjas haciendo caras.
Paso un buen rato. Antes los ratos duraban un buen rato. El teléfono de discar gris sonó. Era hermano mayor, estaba bien.

Un 11 de septiembre de 2001 a las 9:53am me encontraba en casa de mamá. Esta vez despierta. Estaba estudiando. Mi primer año de universitaria, cursando el segundo cuatrimestre del ciclo básico. Suena el fijo de casa (ex Entel, desde el 90' pasamos a ser sin mas opciones consumidores de telecom). Del 94' al 2001 pasamos del teléfono gris de discar al inalámbrico que se le subía la antena para mayor recepción de la comunicación. En fin, suena el teléfono, mi amiga Brenda me llama para contarme que un avión había atravesado una de las torres gemelas "prende la tele" me dice. Prendo la tele. Nos quedamos mirando juntas, cada una en su casa, en silencio, desde el teléfono. En eso al rato otro avión hace casi exactamente lo mismo que el primer avión. Las dos gritamos, mamá grito.
Ese mismo día horas después el mismo teléfono vuelve a sonar: la dentista de la familia, la que conocía cada molar de cada integrante, la misma que me atendía desde mis 6 años se había suicidado tirándose por el balcón del consultorio. Día martes. Mamá había quedado de encontrarse a tomar café con ella el jueves de esa misma semana. La cita nunca se dio.
Por la noche todos fuimos al velatorio que queda a la vuelta de la casa de mis padres, el mismo velatorio que suplico un despertar, que permuto una despedida a cada familiar y personaje del barrio.
Antes de partir en caravana a despedirnos cae en casa de padres hermano mayor. El día anterior el se había atendido con nuestra dentista. Ella le había recetado algo para el dolor de muelas. Él pensó que quizás a los forenses les seria de utilidad para hacer pericias caligráficas las recetas del día anterior.

El 6 de agosto de este año a las 9:38am me encontraba en mi casa, en la mía propia, en la que vivo con mi perro. Enciendo la tele como cada mañana para ver las noticias. En Rosario había explotado un edificio, un edificio que queda a 5 cuadras de donde yo viví en Rosario. El mismo edificio que da al contrafrente del edificio de la que por 8 años fue mi suegra. El mismo edificio que queda a media cuadra del banco en el que teníamos cuenta, a la vuelta del súper en el que comprábamos. Un edificio que se aproxima a otros edificio donde vive gente que quiero. El edificio que queda sobre una calle por la que tantas veces pasamos caminando de la mano.
Esta vez no sonó el fijo. Agarro el ipad y le mando un chat de voz a mi amigo Fernando para saber si estaban todos bien. Responde: todos bien. Escribo privados de facebook, chat de bb, wasap a todos aquellos que conocía. Todos bien. Recibo mails de amigos preguntándome si estaba en Buenos Aires, si mis amigos de allá estaban bien. Me llama Papá al móvil para ver donde estaba, si en una de esas justo me encontraba en Rosario. Me encontraba en Buenos Aires. Papá se alegro y me corto sin despedirse como siempre hace.
A medida que pasaban las horas todo se ponía oscuro. La mayor extrañeza esta en ese sentir que hoy se vive: hoy el avance permite estar en simultáneo con lo que ocurre.

Desapareció un edificio, un edificio que nadie sabe donde esta. Uno que todos sabemos que ahí estaba. Uno que ya no esta.


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